Te descubrí rondando en el patio de mi casa, vestías un pantalón
color arena, y una camisa a cuadros verde oliva, eras alto y muy delgado. Te
observé por la ventana unos minutos hasta que te percataste de que te miraba,
me escondí porque no supe cómo reaccionar. Corrí hasta la cocina en donde
escuché la charla de mis padres con los tuyos, vienes a terminar tus estudios y
te quedarás en la casa un tiempo. Yo tenía 13 tu 19. Caminé lento hacia mi
cuarto pensando, había algo en mi que no era normal, me sentía diferente,
cuando te veía sentía que mi corazón latía tan rápido que presionaba mi pecho
pensando que podría salirse. Soy una tonta, pensé, mientras me miraba al
espejo, y cuando me di la vuelta estabas ahí, tan cerca, mirándome. Yo dije
"Hola" con un vocecilla tímida, tu sonreíste y yo salí corriendo...
entonces gritaste "espera" y saliste corriendo tras de mí, llegué a
la cocina en donde mamá tenía lista la cena y me presentó con los invitados, me
senté a comer, llegaste enseguida y tus papás te hicieron presentarte, yo
estaba nerviosa, un ruido me impidió escuchar tu nombre, se me había caído un
cubierto. Me agaché para buscar el cubierto, ver todo desde otra perspectiva es
interesante, tenías unos zapatos cafés elegantes... subí lentamente mi mirada
hasta quedar en tu entrepierna. Salí de debajo de la mesa, creo que estaba algo
ruborizada, me miraste y sonreíste de nuevo, esta vez te devolví el gesto.
Ese juego de miradas duró días, no se cuantos, perdí la cuenta.
El patio separaba nuestras habitaciones, aún así siempre encontraba la manera de mirarte y yo sabía que tú también lo hacías. Había un pequeño orificio en la puerta de madera de tu cuarto, un día pude ver tu torso desnudo antes de ponerte la camisa, otro día vi como anotabas cosas en un pequeño diario de pasta café, y otro como te afeitabas, me gustaba espiarte, lo admito y me gustaba ser espiada. Todas las noches dejaba entreabierta mi ventana para que pudieras verme dormir, sabía que lo hacías porque a veces no dormía, me tapaba con una sábana que me permitía ver un poco a través de ella y te veía ahí, con esa mirada nocturna y espesa posada sobre mi cuerpo, pendiente de cada movimiento, de cada roce, de cada desliz, me gustaba “hacerte sufrir” esperando ver más. Sabía que no era perfecta, pero te gustaba.
El patio separaba nuestras habitaciones, aún así siempre encontraba la manera de mirarte y yo sabía que tú también lo hacías. Había un pequeño orificio en la puerta de madera de tu cuarto, un día pude ver tu torso desnudo antes de ponerte la camisa, otro día vi como anotabas cosas en un pequeño diario de pasta café, y otro como te afeitabas, me gustaba espiarte, lo admito y me gustaba ser espiada. Todas las noches dejaba entreabierta mi ventana para que pudieras verme dormir, sabía que lo hacías porque a veces no dormía, me tapaba con una sábana que me permitía ver un poco a través de ella y te veía ahí, con esa mirada nocturna y espesa posada sobre mi cuerpo, pendiente de cada movimiento, de cada roce, de cada desliz, me gustaba “hacerte sufrir” esperando ver más. Sabía que no era perfecta, pero te gustaba.
Yo estaba en la escuela en el turno matutino, y tú en el
vespertino, es por eso que solo coincidíamos a la hora de la comida (y rara vez
de la cena) y sabíamos comportarnos. No hablábamos mucho, es decir, un muchacho
de 19 con una niña de 13 no era lo más correcto para nuestra época, sin embargo
las miradas parecían decir más de lo que las palabras pudiesen expresar. Nuestra
sensualidad radicaba en acciones comunes como los pequeños puntapiés por debajo de la mesa, el contacto
al pasar el salero, el mojarse los labios, el arreglarse el cabello, entre
otros cuantos más.
Encontramos un espacio muerto para coincidir, mamá se iba a misa
de 7 y tú te las ingeniabas para llegar más rápido a casa, en ese entonces tu
papá te había regalado una cámara fotográfica, de esas de carrete, y
no sabías muy bien cómo usarla, me propusiste ser tu modelo y acepté aunque no
me gustaba sonreír porque pensaba que mis dientes eran algo chuecos.
“Eres
perfecta, anda, sonríe” me dijiste y sonreí mientras tomaba mi cabello con
ambas manos. “Eres perfecta”, dijiste de nuevo con un tono de voz más bajo, yo
me acerqué a ti y te miré fijamente, me encantaban tus ojos café claros, tu
cabello castaño claro, crecido y despreocupado… mi corazón iba a explotar, era
ahora o nunca, era explotar o morir consumida por las ansias, por los limites
creados por mi propia mente, yo 13, tu 19… entonces me acerqué aún más,
decidida, nuestros labios se fundieron en un beso apasionado y desesperado, me
tomaste por la cintura y casi con maestría desabotonaste mi blusa, yo lo hice
lentamente con tu camisa, sabía que hacerlo lento y pausado desataría en ti ese
deseo de tenerme con especial frenesí, bajé por tu torso a ritmo de vals
mientras tu jugabas con mi cabello, probé por vez primera eso a lo que me haría
adicta años después, me gustaba ver tu cara de excitación, cómo mordías tus
labios seguido de un sonido ahogado y te retorcías conteniendo las ganas mientras
yo seguía cada vez a mayor velocidad. Un ruido rompió con el momento. Las llaves de mamá quitando el
candado de la puerta. Te levantaste rápido y corriste a tu habitación, yo,
despeinada y de prisa, abotoné mi blusa y me metí bajo las sábanas de mi cama fingiendo
estar dormida. No pasó mucho hasta que mamá me llamó a cenar. Corrí a la cocina
pensando en encontrarte pero tú no estabas ahí, se me hizo extraño pero igual
no le tomé mucha importancia. Después de cenar me preparé para dormir y al
recostarme sobre mi cama vi tu silueta en la penumbra, como siempre, observando
por mi ventana, vigilante, quizá esta vez logres ver más…

No hay comentarios:
Publicar un comentario