lunes, 1 de octubre de 2012

Luciole, historia de un caos (fragmento)


Te descubrí rondando en el patio de mi casa, vestías un pantalón color arena, y una camisa a cuadros verde oliva, eras alto y muy delgado. Te observé por la ventana unos minutos hasta que te percataste de que te miraba, me escondí porque no supe cómo reaccionar. Corrí hasta la cocina en donde escuché la charla de mis padres con los tuyos, vienes a terminar tus estudios y te quedarás en la casa un tiempo. Yo tenía 13 tu 19. Caminé lento hacia mi cuarto pensando, había algo en mi que no era normal, me sentía diferente, cuando te veía sentía que mi corazón latía tan rápido que presionaba mi pecho pensando que podría salirse. Soy una tonta, pensé, mientras me miraba al espejo, y cuando me di la vuelta estabas ahí, tan cerca, mirándome. Yo dije "Hola" con un vocecilla tímida, tu sonreíste y yo salí corriendo... entonces gritaste "espera" y saliste corriendo tras de mí, llegué a la cocina en donde mamá tenía lista la cena y me presentó con los invitados, me senté a comer, llegaste enseguida y tus papás te hicieron presentarte, yo estaba nerviosa, un ruido me impidió escuchar tu nombre, se me había caído un cubierto. Me agaché para buscar el cubierto, ver todo desde otra perspectiva es interesante, tenías unos zapatos cafés elegantes... subí lentamente mi mirada hasta quedar en tu entrepierna. Salí de debajo de la mesa, creo que estaba algo ruborizada, me miraste y sonreíste de nuevo, esta vez te devolví el gesto. Ese juego de miradas duró días, no se cuantos, perdí la cuenta.

El patio separaba nuestras habitaciones, aún así siempre encontraba la manera de mirarte y yo sabía que tú también lo hacías. Había un pequeño orificio en la puerta de madera de tu cuarto, un día pude ver tu torso desnudo antes de ponerte la camisa, otro día vi como anotabas cosas en un pequeño diario de pasta café, y otro como te afeitabas, me gustaba espiarte, lo admito y me gustaba ser espiada. Todas las noches dejaba entreabierta mi ventana para que pudieras verme dormir, sabía que lo hacías porque a veces no dormía, me tapaba con una sábana que me permitía ver un poco a través de ella y te veía ahí, con esa mirada nocturna y espesa posada sobre mi cuerpo, pendiente de cada movimiento, de cada roce, de cada desliz, me gustaba “hacerte sufrir” esperando ver más. Sabía que no era perfecta, pero te gustaba.

Yo estaba en la escuela en el turno matutino, y tú en el vespertino, es por eso que solo coincidíamos a la hora de la comida (y rara vez de la cena) y sabíamos comportarnos. No hablábamos mucho, es decir, un muchacho de 19 con una niña de 13 no era lo más correcto para nuestra época, sin embargo las miradas parecían decir más de lo que las palabras pudiesen expresar. Nuestra sensualidad radicaba en acciones comunes como los pequeños  puntapiés por debajo de la mesa, el contacto al pasar el salero, el mojarse los labios, el arreglarse el cabello, entre otros cuantos más.

Encontramos un espacio muerto para coincidir, mamá se iba a misa de 7 y tú te las ingeniabas para llegar más rápido a casa, en ese entonces tu papá te había regalado una cámara fotográfica, de esas de carrete, y no sabías muy bien cómo usarla, me propusiste ser tu modelo y acepté aunque no me gustaba sonreír porque pensaba que mis dientes eran algo chuecos.

“Eres perfecta, anda, sonríe” me dijiste y sonreí mientras tomaba mi cabello con ambas manos. “Eres perfecta”, dijiste de nuevo con un tono de voz más bajo, yo me acerqué a ti y te miré fijamente, me encantaban tus ojos café claros, tu cabello castaño claro, crecido y despreocupado… mi corazón iba a explotar, era ahora o nunca, era explotar o morir consumida por las ansias, por los limites creados por mi propia mente, yo 13, tu 19… entonces me acerqué aún más, decidida, nuestros labios se fundieron en un beso apasionado y desesperado, me tomaste por la cintura y casi con maestría desabotonaste mi blusa, yo lo hice lentamente con tu camisa, sabía que hacerlo lento y pausado desataría en ti ese deseo de tenerme con especial frenesí, bajé por tu torso a ritmo de vals mientras tu jugabas con mi cabello, probé por vez primera eso a lo que me haría adicta años después, me gustaba ver tu cara de excitación, cómo mordías tus labios seguido de un sonido ahogado y te retorcías conteniendo las ganas mientras yo seguía cada vez a mayor velocidad. Un ruido rompió con el momento. Las llaves de mamá quitando el candado de la puerta. Te levantaste rápido y corriste a tu habitación, yo, despeinada y de prisa, abotoné mi blusa y me metí bajo las sábanas de mi cama fingiendo estar dormida. No pasó mucho hasta que mamá me llamó a cenar. Corrí a la cocina pensando en encontrarte pero tú no estabas ahí, se me hizo extraño pero igual no le tomé mucha importancia. Después de cenar me preparé para dormir y al recostarme sobre mi cama vi tu silueta en la penumbra, como siempre, observando por mi ventana, vigilante, quizá esta vez logres ver más…

*Kary L.

No hay comentarios:

Publicar un comentario