Los
minutos parecían ahogarse en su taza de café.
Cuarto para las 3:00 am, la hora médium y ella no conciliaba el sueño.
Pensaba en que un día sus ojos iban a secarse, se caerían como las hojas de los
árboles en otoño y serían arrastrados por el viento en un viaje donde
descubriría tantas cosas. El simple hecho de pensarlo la hacía feliz, a pesar
de que sus pies habían echado raíces en
ese cuarto solo y frío, iluminado solamente por la luz de la pantalla. Ella era
optimista, mientras más se imaginaba, mas se sabía y mientras menos se
preocupaba por buscarse más se encontraba. Sólo ella se comprendía en aquel que
suponía era su caos. Sus manos temblorosas se deshacían a palabras que
terminaban siendo olvidadas. Nunca supo a ciencia cierta si existía para crear
o creaba para seguir existiendo. Aquel halo de misterio sobre su sombra parecía
desvanecerse cuando se desnudaba para probarse a sí misma que no todo tenía que
ser perfecto. Quedaba expuesta y no le importaba, su manera de ver el mundo le
hacía sentirse segura. Sus labios resecos no necesitaban bilé para ser armas mortales que destruyeran al mundo de un susurro.

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